Mi vida ha valido la pena

Lizt Alfonso confiesa a Juventud Rebelde que la tomó por sorpresa ver su nombre incluido en la lista de los «25 líderes, 25 voces por la niñez»

Debe ser porque Lizt Alfonso acostumbra a entregarse de corazón, porque lo siente, porque le nace, sin pensar siquiera en posibles reconocimientos o gratitudes, que Juventud Rebelde le cree de inmediato cuando la directora de una de las compañías más exitosas de Cuba le asegura que la tomó por sorpresa su inclusión dentro de la selecta lista de los «25 líderes, 25 voces por la niñez».

Su nombre está junto al de José Mujica, Rigoberta Menchú, Carlos Jacanamijoy, Julieta Venegas, Zoe Saldana, Keylor Navas, Manuel Elkin Patarroyo, César Costa… Presidentes, científicos, periodistas, artistas, activistas por los derechos humanos… quienes respondieron a esta iniciativa de Unicef en América Latina y el Caribe, para celebrar el cuarto de siglo de aprobación de la Convención sobre los Derechos del Niño.

«¿Cómo no me voy a sorprender —insiste Lizt— si los escogidos son personas que admiro y respeto de manera profunda? Sobre todo a la incansable Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz, que tanto ha hecho por la humanidad; y al Presidente de Uruguay, quien constituye un ejemplo para mí. Ellos están conscientes de que la lucha es permanente a favor de los pueblos, y han sido capaces de llevar una vida de fe, es decir, su actitud ha estado muy acorde a sus principios.

«Sí, me tomó por sorpresa. Sé que la labor que llevo adelante es amplia, profunda, bonita, sensible…, y que soy recompensada por los niños con los que trabajo. E incluso, mi quehacer va mucho más allá de lo que se ve: contar con una escuela y educar a los más nuevos… De cualquier modo no lo niego: la noticia me emocionó mucho».

—En Cuba no pocos trabajan con niños, pero se ha hecho esa distinción, a pesar de que lo que más se conoce son los logros artísticos de tu compañía profesional…

—Pues debo decir que hace más de 20 años creamos los talleres vocacionales de la compañía. Ni siquiera surgieron en el seno de esta maravillosa sede que existe desde hace una década, sino donde radica la Sociedad Estudiantil Concepción Arenal. Nos motivó la necesidad de formar la cantera. Pero para quienes estábamos convencidos de que la calle no trae nada bueno, no resultó difícil decidir que en lugar de hacer una selección rigurosa, debíamos aceptar a quienes quisieran entrar. Era preferible que estuvieran en un salón, aprendiendo baile y música, con lo cual ganarían en disciplina, rigor, tendrían un objetivo en la vida… De paso educas a la familia, y hasta a los vecinos que los rodean…

«Recuerdo que en el primer año la cifra no superaba los 60. Al curso siguiente se duplicó y hemos crecido hasta los 1 300 niñas y niños que integran los talleres en la actualidad… Porque ellos son eso: niños, a los que hay que ofrecerles todas las oportunidades del mundo para que determinen hasta dónde quieren llegar.

«A partir de esa idea dijimos: bueno, vamos a crear un Ballet Infantil, donde se eligen a quienes realmente poseen aptitudes para convertirse en profesionales. Y ya ahí empiezas a ejercer una exigencia mucho mayor. Los mejores pasan luego al Ballet Juvenil y posteriormente a la Unidad Artístico Docente, que ya muestra dos graduaciones. Ahora entrenamos un tercer grupo que se unirá a nuestra compañía o a otra del país.

«De manera paralela, hemos estado muy próximos a los niños sin amparo filial, lo cual más que un trabajo resulta un acercamiento de amor. Es espiritual y material, porque los apoyamos en lo que podemos. De esto no me gusta hablar, simplemente lo hacemos. Asimismo nos vinculamos a la Escuela de Conducta, donde se hallan niños que han tenido más dificultad para llevar adelante sus vidas, y los hemos tratado de apoyar y de encaminar. Al final se hace mucho, pero sabemos que podría ser mucho más».

—Recuerdo que cuando la gira del Ballet Infantil por Hamburgo, Alemania, me comentaste cómo se echaba de menos el papel que siempre jugó la familia en la formación de los niños y niñas…

—La familia es la base. Pero en estos tiempos no sé por qué de pronto ha cedido terreno, quizá porque los padres están muy complicados, porque tienen que trabajar mucho.

«¿Cuál debe ser el rol de la familia? Pues el mismo que desempeñó con nosotros cuando éramos muchachones, José Luis. La vida es dura y hay que prepararse para vivirla. No perder de vista que durante el camino encontrarás muchos obstáculos, pero con inteligencia, perseverancia y armándote con estudios y trabajo, podrás vencer y sobreponerte a cualquier impedimento. Ah, pero debes aprender desde pequeño que las responsabilidades en la casa se comparten, que cada uno debe aportar, cooperar, para que también mamá y papá puedan disfrutar de más tiempo y ser felices junto con los niños. Porque todo está relacionado.

«El amor es primordial. También la dedicación. A los niños hay que leerles todas las noches: el papá, la mamá, los tíos y las tías, el abuelito, alguien tiene que sacar tiempo para contagiarles el amor por la lectura, para despertarles la sed por aprender, para llevarlos a los museos, al ballet, a los conciertos y explicarles lo que significa esa música que tanto los emociona. También para decirles que el camino no es el más fácil, que no está en salir a la calle a “luchar” lo que necesiten de la manera que sea; el camino está en encontrar la forma de ser útiles».

—¿Cuánto contribuyó tu familia para que te convirtieras en bailarina?

—Fue determinante. La mía hizo justo lo que te acabo de contar. Mi mamá se levantaba los sábados y me preguntaba adónde quería ir. «¡Al Jalisco Park, al Coney Island, al Zoológico, al Acuario!», le contestaba. Y trataba de convencerme: «Perfecto, pero hay unas clases de apreciación de las artes plásticas. ¿Por qué no intentamos ir a Bellas Artes?». Y me contagiaba con su entusiasmo. Amanecíamos en el museo, rodeados de aquel inmenso tesoro y de personas que sabían mucho más que mis padres, que mi abuela y que mi abuelo. Y el domingo era el día de la diversión, del otro tipo de paseo.

«Igual me llevaba al ballet. Y esa primera vez me encontré con Coppelia, a cargo del Ballet Nacional de Cuba, protagonizado por Loipa Araújo. Esa historia, por supuesto, me la contaron mis padres, pero lo que sí recuerdo es que quedé impactada y dije: “Esta es mi vida, lo que yo quiero ser”. Con cuatro años no me quedaban dudas de que ese iba ser mi destino».

—¿Cuándo inició tu estudio profesional de la danza?

—A los cuatro años empecé a tomar clases de ballet con Carmen Mary, una profesora particular que vive en Reparto Flores y todavía enseña a quienes llegan a su puerta. Después, a los nueve, hice una especie de preparatoria e iba a L y 19 con la idea de poder entrar en la propia Escuela Provincial de Ballet; y las clases en Psicoballet, con Laura Alonso, en lo que luego sería Prodanza, con Laura y la Dra. Fariñas. No porque tuviera algún problema, sino porque no poseía condiciones para bailar.

«Entré a Psicoballet después de que no me aceptaran en la Escuela de Ballet —bueno, a mí no me aceptan, por lo general, en la primera prueba de casi nada—. Laura me realizó el examen físico y me dijo: no tienes esto, aquello, ni lo otro. “¿Tú quieres ser bailarina?”. Y yo: Sí. “¿Pero sabes los sacrificios, los dolores que aguantarás?”, a lo cual le respondí con total respeto, pero segura: “Yo quiero ser bailarina”. De ese modo empecé a trabajar para ir adquiriendo las condiciones.

«Luego, en quinto año, suspendí el pase de nivel. Entonces seguí mi camino en el pre Saúl Delgado, pero iba a Prodanza a tomar clases de ballet, de danza española (especialidad que estudiaba también en la Concepción Arenal, con mi maestra de siempre Olga Bustamante, con Andrea Méndez y con Fidel, un gran amigo), y de todo lo que se podía aprender.

«Más tarde cursé licenciatura en Teatrología y Dramaturgia, y a partir de mi tercer año, asistí a las clases de licenciatura en Ballet que inició en ese momento. No me gradué, pero me fueron muy provechosas».

—Supongo que fue frustrante no haber vencido el pase de nivel…

—A esas alturas, no. Eso fue muy raro. Yo soy creyente, por tanto asumo esa máxima de que: el hombre propone y Dios dispone, y nunca he logrado mis objetivos caminando por una línea recta. He tenido que recorrer muchas curvas para llegar adonde quiero, pero no me pesa, he aprendido.

«No obstante, el espectro se me abrió tanto y tan grande, ¿sabes? El hecho de salir del mundo estricto y cerrado del ballet para entrar a otro pleno de posibilidades… Estamos hablando de los 80, cuando la cultura y el arte en Cuba vivían un gran esplendor: Danza Contemporánea de Cuba con Marianela Boan y Rosario Cárdenas haciendo El cruce sobre el Niágara; el surgimiento de Danza Teatro Retazos con Isabel Bustos; Caridad Martínez fundando el Ballet Teatro de La Habana, la explosión de los artistas de la plástica… Era una escuela que necesitaba pasar, para llegar a este lugar».

—¿Cómo surgió la idea de formar la compañía?

—La idea siempre estuvo… Bueno, a ver, mi primera intención fue entrar como coreógrafa a una de las compañías del país. Tenía magníficas relaciones con Iván Tenorio, Alberto Méndez…, y trataba de acercarme al Ballet Nacional de Cuba, pero las puertas se cerraban. Entonces no me quedó más remedio que buscar el modo de expresarme como artista, de lo contrario moriría. Por suerte, los creadores tenemos la facilidad de transformar cualquier frustración que pueda surgir en una obra.

«Me puse a trabajar con Caridad Martínez, no como miembro de la compañía, pero sí bien de cerca con un proyecto que se fue a bolina. Cuando me gradué de Teatrología comencé con la maestra Laura Alonso en Prodanza, donde creé la génesis de lo que hoy es el Ballet Lizt Alfonso, que entonces se llamó Danzas Ibéricas.

«Igual te digo que cuando estaba en el pre, o quizá un poquito antes, les decía a mis amigos que tendría una agrupación danzaria y que triunfaría en Broadway. Por supuesto, siempre me hacían notar que estaba loca. Cuando fundé la compañía, evidentemente, estaba más loca aún, porque era el año 1991 e iniciaba el período especial. No había qué desayunar, pero había baile y estábamos llenos de espíritu para poder seguir adelante. ¡Y mira hasta dónde hemos llegado!».

—¿Existe un techo, algo que pueda frenar a Lizt Alfonso?

—¿Tú crees? ¿Por qué? ¿Hay alguien que te pueda poner un techo? Podría suceder que la situación económica compleja que está atravesando Cuba en estos momentos nos limite, pero eso es lo que debemos superar y decir que no si fuera necesario, siempre sobre la base del respeto y de la ética, algo que lamentablemente se está perdiendo.

«Ahora los muchachos más jóvenes vienen directo a que “ya ayer querían ser”. ¡Ni siquiera mañana! Y los triunfos rápidos suelen ser muy pasajeros. Uno debe buscar hacer carrera sobre bases muy sólidas, para que crezca y dure durante toda la vida. Pero solo se consigue, repito, con una base muy sólida y con principios muy fuertes de ética profesional y de carácter humano, para poder mirar hacia atrás, con orgullo, con tranquilidad, y viajar hacia el más allá el día que nos toque con el pensamiento de que: Mi vida ha valido la pena».

(tomado de juventudrebelde.cu)

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