Una aventura llamada Tagore

Uno de mis más queridos libros no me pertenece “legalmente”. Un viejo amigo, sabiendo de mis amoríos líricos con Rabindranath Tagore,  quiso que yo le guardara por tiempo indefinido —aunque sin renunciar a su posesión— un ejemplar casi deshecho de la Ofrenda lírica, donde duermen los versos del poeta hindú.

No podría olvidar nunca que antes de que me fascinara con estas páginas otros corrieron la misma suerte, no solo por tratarse de un título que dio fama universal a su autor, sino por las sabias palabras que a modo de dedicatoria alguien dirigió un día a mi amigo: “Cuando acabes de leerlo sentirás dentro de ti esa milenaria maravilla que es la cultura india y el glorioso placer de haber tocado algo incognoscible. Tagore es una aventura que deberíamos correr de vez en cuando”.

Yo, que por rebozo las he leído, no pierdo oportunidad de emprender el suceso y acatando el convite, abro con frecuencia el libro, y transito por un hombre cuya piel es su país. De esas certezas da fe su obra toda, desplegada no solo como poeta, aunque entre sus multifacéticas revelaciones se autodenominara esencialmente como tal.

Nacido en Calcuta —el 6 de mayo 1861 y fallecido el 8 de agosto de 1941— Tagore, merecedor en 1913 del Premio Nobel de Literatura, fue de esos seres que brillaron por igual en escenarios tan disímiles como el magisterio, la traducción, el periodismo, la pintura, la música, la investigación, y dentro de la literatura dejó unos 1 000 poemas, cerca de dos docenas de obras de teatro, ocho novelas, ocho volúmenes de noveletas y cuentos, varios libros de crónicas de viaje y miles de pinturas y dibujos. Entre las musas que inspiraron tan monumental creación literaria cuentan el contacto directo con la naturaleza,  la literatura antigua de su patria, las canciones folclóricas y místicas, y los autores clásicos de la lengua bengalí cuya gramática escribió.

Al genio de Tagore, quien también fue compositor,  debe la India la historia de la música hindú; pro­fundas investigaciones sobre la literatura sánscrita, y la fundación en 1901 de la escuela de Shan­tiniketan —de corte vanguardista, en tanto su cercanía a las vanguardias de entonces— que se convertiría más tarde en una universidad  internacional.

Aunque no se consideró un luchador social —“Yo soy poeta y no puedo transformarme en un combatiente”—, Tagore fue de esos hombres que aun sin proponérselo consiguen convertirse en símbolos vivientes. Una postura contestataria al régimen colonial que imponía Inglaterra a su país lo condujo a pronunciar conferencias sobre la triste realidad política imperante y criticar en ellas las mez­quindades de la civilización burguesa, a dirigirse a los jóvenes, escribir poemas y cantos patrióticos.  Sin quererlo tocaba la conciencia y el corazón de su pueblo haciendo uso de un “instrumento” oral tan poderoso  como las armas de hierro.

Tal vez no lo supo entonces como tampoco que una de sus composiciones líricas sería más tarde, ya con su tierra independiente, el Himno Na­cional de la India. Mucho menos pudo imaginar que  fuera reconocido en la posteridad junto a Gandhi como gestor de la independencia de su Patria.

De Tagore se ha dicho con razón que siendo un octogenario asombraba por la juventud de su corazón. Y esa verdad es una de las principales di­visas que ganamos al acercarnos a su poesía. Las emociones que nos desordena el poeta cuando tocamos fondo en sus versos tienen que ver con esas esencias universales que perduran para todos los tiempos.

La sublimidad del amor y la necesidad de resguardarlo a toda costa; la inocencia de los niños protegida por el regazo de sus padres, la familia como quid de todas las fortalezas, la limpieza de los nobles sentimientos;  la sordidez de las bajezas humanas… están ahí, en la obra del poeta sa­bio, aso­madas para que las advirtamos en nuestros días, para aprender de sus bondades y alertarnos de los peligros.

A pocos días de iniciarse la Feria Internacional del Libro en su edición 24, dedicada justamente a la India como país invitado de honor, Tagore debe aparecer en alguna de sus más certeras apariencias. Puede llegarnos en forma de libro o en otras manifestaciones de esa cultura que tanto amó y es él mismo. Los que sabemos de esos goces del espíritu tenemos entrada segura para emprender esa aventura llamada Tagore, de esas que deberíamos correr de vez en cuando.

(Tomado del Granma)

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