Strike 3: Yo no me voy a callar

“…aunque me quede sin voz / aunque no me vengan a escuchar”. C.V.

Cuando Cuba ganó apenas un partido de cuatro en la clasificatoria de la Serie del Caribe –insolvente en ataque, pálida en los relevos, apática en el juego-, yo no le vi etiqueta de posible campeona. Es más: no creo que nadie lo haya hecho, a menos que acabase de regresar de Delfos o tuviera en los ojos una venda de crudo fanatismo

Foto: Ricardo López Hevia.

Unas hora después, cuando Cuba perdía 4×0 frente a Venezuela, se dijo con razón que el equipo lucía desprovisto de garra. Pero he aquí que el equipo reaccionó –San Cepeda que estás en la tierra-, se impuso autoritariamente en el encuentro, y un diluvio de elogios borró, como lava de Pompeya, lo dicho hasta ese instante. “Esto es para que no hablen más”, escuché entonces.

Ciertamente, yo me quedé sin ir a Delfos, de manera que nunca me enteré de que Cuba ganaría la Serie del Caribe. Hay quien siempre lo supo, a todas luces, pero yo solo estuve seguro con el último strike que salió de la mano derecha de Héctor Mendoza. Antes, pobre de mí, no me pasó la idea por la cabeza.

Así lo confesé el jueves anterior en la Mesa Redonda. Tenía la certeza de que los Caribes de Anzoátegui eran superiores, y como no me gusta el facilismo de la neutralidad ni la declaración ambigua que lo mismo culpa que exonera, admití que los hombres de Urquiola no me parecían favoritos. Inclusive (le juro que lo escribo sin terquedad alguna), aún no me lo parecen.

Por supuesto, más cómodo habría sido plantarme a mitad de camino entre la meta y la arrancada para ver por dónde viene la carrera, teniendo siempre a mano el “digo Diego”. Sin embargo, no me interesa hacerlo. No ha sido nunca esa mi línea periodística, porque las circunstancias no me van a convertir en la veleta que se mueve, complaciente, según soplen los vientos.

Es un peligro –delicioso peligro- que implica mi trabajo. Discrepar, arriesgar el criterio, sostenerlo, es una norma básica en mi manual de estilo. Mis opiniones pueden equivocarse, a veces se equivocan, pero van inyectadas de la sinceridad y mesura analítica de un tipo que por encima de todo respeta su sagrado compromiso con la gente que lo lee.

Y es que hay dos posiciones ante el espectáculo del béisbol: la del fanático, sanguínea y explosiva, y la del especialista, puramente neuronal y despojada de antipatías o preferencias. Ambas son válidas. Lo que sí se me antoja improcedente, lo que yo no me voy a permitir, es fusionarlas, porque jugar a ‘juez y parte’ es jugar a obnubilarse.

Soy uno más en un enorme grupo de cubanos que espera ansiosamente porque este béisbol –nuestro por suyo y mío- vuelva a las alturas. Las de siempre, las que le conocemos quienes vimos a Omar y Kindelán, y las que conocieron los que disfrutaron a Changa y Pedro Jova. Viví la juventud viendo ganar, y quisiera volver a aquella linda, orgásmica familiaridad con la victoria.

Los tiempos han cambiado, ya lo sé, y ahora el rival es alto y fuerte. Triunfar es más complejo que antes, a tal punto que podemos contar con los dedos de una mano los éxitos sonoros conseguidos en esta centuria. Pero “solo lo difícil es estimulante”, decía Lezama, y hay que seguir lidiando sin recostar la espalda a este laurel recién cortado.

¿Que vencimos? Me alegro. ¿Pero cómo vencimos? Ya no me alegro tanto, pues las glorias no deben poderle a las memorias. Fuimos con aviación y artillería adonde nadie fue con otra cosa que fusiles, y así y todo perdimos la misma cantidad de juegos que ganamos. Pongámoslo más claro: en un Clásico Mundial estaríamos casi con los mismos peloteros, pero los adversarios, no.

Por eso recomiendo que apartemos el cáliz de la Serie del Caribe, aunque lógicamente nadie puede quitarnos el placer de celebrar. ¡Qué bueno por Pinar, con su gigante camiseta verde! ¡Chapó!, Mendoza, Torres, Saavedra, Norge Luis Ruiz, Moinelo… Felicidades para la vieja guardia del team Cuba, y para Alfonso, claro, para Alfonso, que sufrió lo indecible y al final se fumó el puro de la satisfacción.

¿Algo más? Solamente un favor: no me manden a callar. Como leí de Borges, “la batalla es eterna y puede prescindir de la pompa de visibles ejércitos con clarines”. Yo no necesito la estridencia, ni el coro de la orquesta. Me acompaña una simple guitarra que no va a enmudecer.

Que calle quien deba hacerlo.

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