Las cumbres de Nuestra América: un proyecto genuinamente latinoamericano y caribeño

Abel Enrique González Santamaría

En América Latina y el Caribe este complejo proceso se fue desarrollando durante varios siglos de intenso batallar, y sus orígenes más cercanos se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII, cuando comenzó a engendrarse un movimiento emancipador triunfante iniciado con la Revolución de Haití (1790-1804) y que formó parte del ciclo revolucionario desarrollado a escala mundial bajo la influencia de las concepciones antifeudales de la burguesía europea, principalmente de la Ilustración francesa, por su carácter radical.

Como antecedente es importante destacar los actos de rebeldía que se produjeron en los siglos XVI, XVII y XVIII durante el proceso de colonización europea (española, portuguesa, francesa, inglesa, holandesa y danesa), en el que fueron exterminados más de 70 millones de habitantes de los pueblos originarios. En esta etapa, que transcurrió a sangre y fuego, se fueron conformando una sociedad y una cultura con características propias, resultado fundamentalmente de las tradiciones de la población nativa, las costumbres europeas y el asentamiento de los esclavos provenientes de África.

Los pueblos autóctonos y sus descendientes resistieron la dominación colonial, pero será en la segunda mitad del siglo XVIII cuando las protestas tomarán su caudal más violento, sobre todo en la región de los Andes Centrales, desde el primer levantamiento amazónico en 1742 encabezado por Juan Santos Atahualpa, hasta los levantamientos de 1780 al norte de Potosí (Bolivia) llevados adelante por Tomás Catari (1740-1781), y por José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II, 1738-1781) en el Cusco (Perú). Todas estas rebeliones fueron controladas por los colonizadores, pero marcaron precedentes importantes para la futura emancipación latinoamericana.

Para entender ese camino largo, difícil, sangriento y con innumerables obstáculos para alcanzar la verdadera independencia y construir la integración regional, es imprescindible analizar su origen y evolución en los siglos XIX y XX, así como la injerencia de las potencias imperiales de la época, en particular la naciente hegemonía de Estados Unidos ―con su historia y desarrollo diferentes―, hasta llegar a un cambio de época en la segunda década del siglo XXI, cuando se logró por primera vez en la historia conformar una organización puramente nuestramericana: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

En ese contexto, la región transitó con voz propia hacia la unidad política, económica y cultural. El año 2015 marcó una nueva etapa en las relaciones entre las dos Américas, con la participación de la Mayor de las Antillas en la Cumbre de las Américas, el inicio del proceso de restablecimiento de las relaciones de Estados Unidos con Cuba, y por consiguiente, un nuevo vínculo entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe.

Con este libro se pretende, desde una mirada martiana, contribuir a evaluar los desafíos de la integración latinoamericana y caribeña, como homenaje a sus libertadores en el aniversario doscientos de la «Carta de Jamaica», el 6 de septiembre de 2015. En ella el Gran Bolívar marcó la ruta con sus proféticas palabras: «…esta unión no nos vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos».

En la segunda mitad del siglo XVIII, en el contexto de la crisis final del colonialismo español y portugués, que generó un movimiento emancipador en sus posesiones al sur del Río Bravo, nacieron las primeras ideas integracionistas, dirigidas a lograr la unión en un solo sistema político y económico de las naciones ubicadas en el centro y sur del continente americano.

Existieron dos proyecciones fundamentales: la unión de territorios coloniales de España en un solo país, concebida por Francisco de Miranda (1750-1816), precursor de la independencia de Venezuela, y la idea de formar un Gran Sistema Interamericano bajo el control de Estados Unidos, enunciada por uno de sus Padres Fundadores, Alexander Hamilton (1755-1804). Ambos fueron amigos durante la guerra de independencia de las Trece Colonias, pero tuvieron aspiraciones diferentes.

Durante su estancia en Venezuela, Martí retomó el pensamiento bolivariano sobre la unidad continental. En sus escritos destacó la figura del Libertador a quien sintió como su padre político y espiritual. También resaltó la importancia que tuvo el inicio de las gestas independentistas en Caracas, a la que calificó como la «Jerusalén de los sudamericanos, la cuna del continente libre».

El día antes de marcharse de Caracas y regresar a Nueva York, escribió a su amigo Fausto Teodoro de Aldrey su testimonio de cariño y simpatías hacia la patria del Libertador, a la vez que declaró su compromiso de continuar la lucha por la unidad latinoamericana: «De América soy hijo: a ella me debo. Y la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna».

Pudiera resumirse que de 1948 a 1959 América Latina no solo vivió los efectos de la Guerra Fría, sino la consolidación del imperialismo estadounidense y su asociación creciente con las oligarquías nacionales. En la práctica, durante casi un siglo —desde el Segundo Congreso de Lima en 1864 hasta el triunfo de la Revolución Cubana en 1959— las políticas imperiales impidieron que pudieran avanzar y concretarse los sueños de Bolívar y Martí de ver una América Latina unida. No obstante, los pueblos latinoamericanos y caribeños continuaron sus luchas y desafiaron al pujante imperio.

 

Tomado de Santa Mambisa

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