Spygate y teoría de la conspiración en arsenal de Trump contra la opinión pública

Las historias infundadas sobre complots de poderosos intereses promovidas por Donald Trump han avivado en Estados Unidos los temores de que con esa práctica el presidente esté erosionando la confianza del público en las instituciones, socavando la percepción de la verdad y sembrando extendidas sospechas acerca del gobierno y los medios de noticias.

En un análisis sobre las teorías y versiones sin base frecuentemente divulgadas por Trump, The New York Times recuerda que durante años el magnate inmobiliario repitió que Barack Obama había nacido en Kenia en lugar de en Honolulú, lo cual lo hacía no elegible para la presidencia.

La pasada semana, el presidente norteamericano aireó nuevas acusaciones no confirmadas para apoyar su narrativa política: que un “Estado criminal oscuro” dentro del gobierno de Obama plantó un espía dentro de su campaña presidencial para ayudar a que Hillary Clinton ganara las elecciones de 2016, un esquema que nombró como Spygate.

“Es la más reciente indicación de que un presidente que por décadas traficó con las teorías de la conspiración las ha traído desde las orillas del discurso público a la Oficina Oval”, señala la analista del diario.

Ahora que es presidente, “las historias infundadas de Trump parecen tener un efecto diferente”.

Jon Meacham, historiador y biógrafo presidencial, advirtió que “es corrosivo el efecto que tiene en la vida nacional un presidente inventando teorías de la conspiración para distraer la atención de investigaciones legítimas u otras cosas que no le gustan”.

“Lo diabólico en la estrategia de desinformación de Trump es que muchas personas simplemente van a escuchar los cargos y descargos, y van a decidir que debe haber algo cierto en ello porque el presidente de los Estados Unidos lo está diciendo”, agregó.

Esos efectos fueron evidentes en Washington el pasado jueves, cuando el Departamento de Justicia sostuvo un par de inusuales sesiones con legisladores para compartir información sensible acerca de la investigación especial en torno a la alegada interferencia rusa en las elecciones de 2016 y si la campaña de Trump trabajó con Moscú para balancear la pugna.

Esas sesiones, indica The New York Times, se celebraron porque el mandatario públicamente hostigó al Departamento para entregar información sobre un informante del FBI que él etiquetó como un espía (que según su trama habría sido enviado por Obama) en su contra.

“Pero el deseo del señor Trump de expandir sus sospechas como hechos tiene implicaciones que van más allá de la indagación sobre Rusia. Es un ingrediente vital en el arsenal de comunicación del presidente, una narrativa (audazmente promovida y alimentada en redes sociales) de dudosas acusaciones e insinuaciones oscuras que le permiten avanzar su propia versión de la realidad”, advierte el diario.

En ese sentido, destaca que para estudiosos de la vida y el estilo de comunicación de Trump, la idea de las conspiraciones es parte vital de una estrategia para evitar la responsabilidad y devolver el golpe a sus detractores, reales o percibidos, incluidos los medios noticiosos.

“Las conspiraciones, por definición, son algo que otros te hacen. Estás siendo embaucado, estás siendo engañado, el mundo se ríe de nosotros. Va con la idea de que no puedes creer nada de lo que veas o leas. Trump nos ha vendido un modo completo de aceptar una narrativa que tiene tantas capas de contenido no confirmado, no responsable, que es imposible retirarlas todas”, declaró Gwenda Blair, una biógrafa del mandatario.

Exasistentes de Trump que hablaron en privado dijeron que la paranoia lo predispuso a creer en “fuerzas perversas y oscuras” que guiaban los eventos. Pero también afirmaron -acota el reporte- que el oportunismo político movió la promoción de teorías de la conspiración.

Al respecto, contaron que por meses se resistió a usar el término “Estado oscuro”, en parte “porque creía que lo hacía parecer demasiado cascarrabias”, pero luego vio “que funcionaba bien en las noticias de medios conservadores, y así comenzó a usarlo en noviembre”.

Erick Erickson, fundador de la web conservadora RedState, consideró que las historias inventadas por el presidente “también hablan al deseo del público de tener una explicación fácil para eventos que no puede controlar”.

“Mucha gente quiere realmente creer en una conspiración porque es más fácil pensar que una fuerza malévola está a cargo en lugar de que nuestro gobierno es manejado por idiotas”, concluyó.

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